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Me han robado la bici

Me han robado la bici y estoy triste, ya ves, yo que pensaba que era una persona poco apegada a los bienes materiales, yo que me reía de los idiotas que son capaces de intentar hostiarte por rozarles el todoterreno (nótese la ironía) con el manillar, o de los que creen que eres un muerto de hambre porque toda la ropa que llevas puesta vale menos que uno de sus zapatos (aunque la hipoteca no les deje llegar a fin de mes). Y por un cacho de hierro que no vale nada (según las más modernas técnicas de cálculo de amortizaciones) y cualquier día te puede matar (usando como persona interpuesta a cualquier modélico conductor), me puse a llorar como un niño tonto. Sólo porque me acompañó los últimos quince años (¿los más importantes?), porque me llevó lo más alto que podré subir (sin drogas), lo más lejos que podré llegar (sin petróleo), lo más rápido que podre bajar (sin ir a uno de esos parques de atracciones donde todo está "controlado" y la velocidad es sólo un número). Porque fue la única persona, animal, o cosa, que me hizo esforzarme hasta vomitar, hasta dar todo lo que tenía dentro. Porque me hizo más libre que ninguna ley ni constitución ni nada que anuncien en la tele, porque me enseñó (¿o me hizo creer?) que Madrid no es la puta mierda de ciudad que, efectivamente, es. Porque a veces me hizo pensar en ella como en una persona. Por ejemplo, no podía evitar sentirme culpable por darle una vejez indigna; ella, que se había comido por las patas las montañas abulenses donde yo me hice ciclista, acabó sus días (o al menos sus días conmigo) asumiendo que subir la antigua carretera de la dehesa de la villa era un reto, y que el hecho de que Bravo Murillo pique hacia arriba ya tan cerca de casa es una putada. Ella, que había bajado auténticos caminos de cabras a la velocidad absurda que sólo la conjunción de una máquina perfectamente ajustada, un cuerpo en relativa buena forma, y un cerebro lleno de adolescentes agujeros de gruyere puede proporcionar, tuvo que acabar escuchando cómo su jinete soltaba cosas como que no hay derecho cómo tiene Gallardón de socavones y grietas las calles. Y sin rechistar. Seguramente, porque sabía que yo era feliz.

Adiós, compañera.

Anexo: Instrucciones para superar el robo de una bici:

Cantar Abrigar oscuros pero no muy serios deseos de venganza y decapitación Tener amigos, como en la canción, que te ofrecen prestada no una, ni dos, ni tres, ni cuatro, sino hasta cinco bicicletas. Eso, de verdad

Foto: Jose Ferro



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Published 3 months ago
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by Genís